martes, 5 de agosto de 2025

La envidiable envidia

Si el envidioso es, por definición, quien sufre de envidia, es decir, quien siente tristeza o disgusto por el bien, la felicidad o el éxito de otra persona, ¿por qué se le llama "envidioso" al que no quiere compartir ese bien, felicidad o éxito?. Si un morrito tiene un juguete y no quiere compartirlo con otro morrito, y el tal comienza a berrear porque quiere su juguete, la gente suele decirle a él: "¡No seas envidioso y prestaselo!", cuando en realidad, el envidioso sería el escuincle, que desea lo que no es suyo. La corrección lógica sería decirle "¡No seas envidioso, el juguete no es tuyo!". Pero no: la sanción va contra el que tiene el objeto del deseo. 

¿Entonces qué pedo? Si busco una explicación así como que muy de los pelos, yo diría que para este efecto lo que quiere decirse es que el envidioso es quien provoca la envidia, no quien la siente. El hecho de compartir radica en la enseñanza, no de “lo mio es tuyo” sino “lo mio es mio, pero te lo comparto de corazón”, no por obligación ni por sucumbir ante una accion nefasta. Premiando la carencia deseante y castigando la posesión. 

Todo esto salió porque recordé una vez que mi niño llevó una Nintendo Ds a una reunión aburrida para entretenerse y un escuincle lloraba por tenerlo y mi hijo indiferente a la petición de la mamá del chillón, que quería que se lo prestara para que él berreante morrito se callara, a lo que mi hijo dijo que Nel, y en seguida la mamá  me dijo toda mamona: “Lo tienes bien consentido”, a lo que respondí: “Y bien educado, porque no manda a la chingada a nadie por peticiones pendejas”. Faltaba más…

viernes, 13 de junio de 2025

Martitha

 Alguna vez, en la zapatería Andrea llegaron unas plumas con la serigrafía del logo de la marca, y una vez “por accidente”, al terminar el turno me llevaba una pluma de la empresa y la supervisora Marthita, una señora medio densa -a veces buena onda, por cierto-, la vio en mi camisa, la sacó y con una ceja levantada en su rostro me dijo que no podía llevármelo.

-Martitha, si no termino la vocacional por la falta de esa pluma, en su conciencia va a quedar ¿Eh?. 

-Estoy segura que no va a ser por esa pluma Julio, respondió. Acto seguido nos reímos y proseguí a checar salida y a abordar el microbús 

Al día siguiente, al término del turno, Martitha me encontró y me regaló una libreta con un ratón en la portada y una pluma azul. 

-Para que no trúnques tus sueños por mi culpa, échale ganas y no se me 'agüite', me dijo y se fue. Supongo que por pena, porque me da la impresión de que dentro de su dureza había un ápice de remordimiento. Me quedé ahí parado y alcancé a agradecerle, aún con la sorpresa.

La sala de ventas de ese lugar guarda, desde aquella vez y para siempre una anécdota que no cambia al mundo, que a nadie le interesa demasiado, pero que hizo sonreír a un morro que, a veces, desconfía irremediablemente de las personas que no entienden su humor o su sarcasmo, pero que también confía en que las durezas de los corazones son capaces de ablandarse y demostrarse con el más mínimo detalle…